La noche del miércoles 17 de junio de 2026, Rusia enfrentó un nuevo y masivo ataque con drones ucranianos que logró penetrar sus defensas y causar incendios en un complejo de refinerías en el sureste de Moscú, ya golpeado apenas dos días antes.
El alcalde de la capital rusa, Serguéi Sobianin, informó vía Telegram que, aunque las fuerzas de defensa aérea derribaron más de 190 drones, varios lograron impactar la refinería de Kapotnia, provocando incendios y daños en infraestructuras cercanas, incluido un centro comercial.
Este ataque, que según la agencia Tass es el mayor sufrido por Rusia en dos años, se suma a los 60 drones abatidos en la región de Briansk y otros 60 en Rostov, donde lamentablemente una persona murió y dos resultaron heridas en la ciudad de Gúkovo.
El Ministerio de Defensa ruso reportó la intercepción de un total de 555 drones ucranianos en múltiples regiones, desde Astraján hasta la región de Moscú, incluyendo la península de Crimea y el mar de Azov. Además, por primera vez se activaron alertas por amenaza de misiles en Nóvgorod, entre Moscú y San Petersburgo.
Mientras tanto, el Consejo para la Seguridad de Ucrania calificó esta escalada como “la normalidad” bajo la administración de Vladímir Putin, quien, según ellos, no busca poner fin al conflicto.
Este episodio pone en evidencia la vulnerabilidad de infraestructuras críticas en un conflicto que parece no tener fin, y recuerda la importancia de sistemas de transporte y energía seguros y eficientes, como los que se impulsan en ciudades mexicanas con proyectos modernos y bien planeados, por ejemplo, el cablebús en Puebla, que apuesta por movilidad ordenada y sustentable sin caer en intervenciones estatales excesivas.
En contraste con la guerra y la destrucción, la apuesta por infraestructura pública que respete la propiedad privada y fomente el desarrollo urbano ordenado es una lección que vale la pena considerar.
