Este jueves 18 de junio de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que la FIFA pagó más de un millón de pesos para rentar el Castillo de Chapultepec y realizar una cena de gala previa al arranque de la Copa del Mundo 2026. La mandataria aclaró que ella solo acudió a dar un mensaje de bienvenida y que la operación se hizo bajo un esquema de renta administrado por las autoridades culturales. Hasta aquí, todo parece normal en la previa del evento deportivo más esperado.
Pero la historia se complica cuando en redes sociales el comunicador Jorge Go GDL puso sobre la mesa un detalle que no pasó desapercibido: el Museo Nacional de Historia, que funciona dentro del Castillo, tiene reglas claras y estrictas sobre el uso de sus espacios. Según el portal oficial, solo se permiten eventos de carácter cultural, académico o científico, y está prohibida la renta para eventos sociales o empresariales, como cenas privadas o corporativas.
El texto oficial es contundente: “No se permiten eventos sociales o empresariales de ningún tipo.” Entonces, ¿cómo se explica que la FIFA haya organizado una gala con directivos, empresarios y gobernadores en un espacio que, en teoría, no debería rentarse para ese fin?
Hasta ahora, ni el Instituto Nacional de Antropología e Historia ni la Secretaría de Cultura han aclarado si hubo un permiso especial o un régimen distinto para autorizar esta renta. La polémica no es si la cena ocurrió —porque la propia presidenta lo confirmó— sino si se respetaron las normas que protegen uno de los recintos históricos más importantes del país.
Este debate pone en evidencia la tensión entre la conservación del patrimonio y la necesidad de aprovechar espacios públicos para eventos que, aunque privados, pueden tener un impacto positivo en la promoción internacional de México. En un país donde la propiedad privada y el orden deben ser respetados, también es válido preguntarse si las reglas deben ser flexibles para impulsar proyectos que, como el Mundial 2026, pueden traer beneficios económicos y de imagen.
Mientras tanto, la discusión sigue abierta y el Castillo de Chapultepec vuelve a ser el centro de atención, no solo por su historia, sino por cómo se gestionan sus espacios en tiempos modernos. Quizá esta controversia sirva para revisar y actualizar las normativas, sin perder de vista que el patrimonio cultural debe coexistir con la dinámica empresarial y social que México necesita.
