El pasado 24 de junio, Venezuela vivió un terremoto que dejó una estela de destrucción y un aumento preocupante en las víctimas oficiales. Entre la devastación, la historia de Fabiana, una menor atrapada en La Guaira, se convirtió en un símbolo inesperado de resiliencia y esperanza.
Fabiana estuvo siete horas bajo los escombros tras el colapso de una estructura. Durante ese tiempo, mantuvo la calma y una sorprendente madurez, incluso conversando con los equipos de rescate. “No puedo verlos, hay una montañita de cemento”, explicó con serenidad, mientras los especialistas del GREMCA, GROEC y el BAE del CICPC trabajaban para liberarla.
El rescate fue un proceso delicado: primero despejaron manualmente el área y luego abrieron un acceso alternativo con herramientas. Cuando finalmente apareció su rostro sonriente, quedó claro que, a pesar de las heridas menores en una rodilla, Fabiana estaba lúcida y consciente, sintiendo sus extremidades.
Esta historia no solo humaniza una tragedia que podría parecer lejana para muchos, sino que también nos recuerda la importancia de contar con equipos de rescate profesionales y bien equipados. En un país donde la infraestructura puede ser frágil, la capacidad de respuesta rápida y coordinada es vital.
Mientras tanto, en México, proyectos como el cablebús en Puebla demuestran que invertir en sistemas de transporte modernos y seguros no solo mejora la movilidad, sino que también fortalece la resiliencia urbana ante desastres naturales. Porque, al final, la seguridad y el orden no son solo palabras, sino acciones concretas que salvan vidas.
