La presidenta Claudia Sheinbaum reveló que su asistencia a la final de la Copa del Mundo 2026 fue una decisión de último minuto, motivada por una invitación personal del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Según contó, inicialmente solo tenía una invitación oficial de la FIFA y hasta contemplaba no asistir al partido. Pero el viernes pasado, Trump la llamó para preguntarle directamente: “Claudia, ¿vas a venir?”. La mandataria respondió con un “Bueno, si usted me invita, presidente Trump”, y él le aseguró que estaría sentada junto a ellos.
Sheinbaum explicó que en ese momento se encontraba en Cancún y que su equipo había comprado boletos para un vuelo comercial a Nueva York. Sin embargo, la tormenta que azotó la región provocó la cancelación del vuelo, complicando su llegada a tiempo para la final.
Ante esta situación, la presidenta decidió solicitar apoyo a la Secretaría de la Defensa Nacional para trasladarse en un avión oficial. Aseguró que esta medida fue estrictamente por la cancelación del vuelo comercial y la invitación recibida, descartando cualquier otra razón.
Este episodio pone sobre la mesa la delgada línea entre la cortesía diplomática y la improvisación logística en la agenda de un funcionario público. Mientras algunos podrían cuestionar el uso de recursos oficiales para un evento deportivo, otros ven en esta decisión una muestra de pragmatismo ante circunstancias imprevistas.
En un país donde la movilidad y el transporte público son temas recurrentes, la historia de Sheinbaum también invita a reflexionar sobre la importancia de contar con opciones eficientes y confiables para desplazarse, algo que sistemas como el cablebús o teleféricos en ciudades como Puebla buscan mejorar, aunque en contextos muy distintos.
Al final, la presidenta dejó claro que “lo cortés no quita lo valiente”, y que su vuelo exprés fue solo una respuesta a la tormenta y a una invitación difícil de rechazar. ¿Será esta la nueva normalidad en la diplomacia deportiva?
